NO TODOS LOS DICTADORES MUEREN IGUAL
No todos los dictadores mueren igual
El último aliento del supremo
Ajusticiados al borde de una carretera o ejecutados por orden judicial. Expirando mansamente en la comodidad del hogar o lidiando con la terca memoria de sus víctimas que los persigue desde los tribunales. Incluso arrastrándose por las alcobas oscuras de la locura mientras un séquito de incondicionales les hace creer que continúan en el poder. Los dictadores han muerto de maneras muy diversas a lo largo de la historia reciente.
Roberto López Belloso
Publicado en BRECHA (Uruguay 12/01/07)
Dos noticias separadas por menos de un mes, la postergada detención de las funciones vitales de Augusto Pinochet y el ahorcamiento mediático de Saddam Hussein, han venido a recordarnos que los dictadores también mueren. Y que lo hacen de formas distintas. Dos noticias que no se han detenido en el momento del final biológico, sino que han sido seguidas por más noticias, que sugieren que un dictador sigue latiendo y provocando efectos post mortem.
Una forma bastarda de aquellos dos cuerpos del rey: el natural, que es su persona, y el político, que es su gobierno. En el caso del dictador la palabra gobierno puede sustituirse por régimen de terror. Tal vez por eso, para exorcizar ese miedo, es que los opositores han recurrido a formas casi rituales del ajusticiamiento cuando se trataba de vérselas con cierto tipo de gobernantes.
Como ocurrió con François Duvalier, el médico devenido tirano que hizo asesinar a 30 mil personas en el Haití de los años sesenta. Una vez muerto Duvalier, varias personas intentaron una “ejecución” de sus restos, para evitar que pudiera resucitar en el día del juicio final previsto por la fe cristiana. Pero la tumba –tal como corresponde a la leyenda de Papa Doc– estaba vacía.
TRUJILLO. Este repaso de la forma en que murieron algunos de los dictadores de la historia moderna (apenas una muestra ya que, lamentablemente, la lista es demasiado extensa) continúa muy cerca de Haití. Al otro lado de la frontera seca que divide en dos la isla de La Española estaba el señorío de Rafael Leonidas Trujillo, dueño de la República Dominicana durante tres décadas y un año.
En su libro La fiesta del Chivo, el escritor Mario Vargas Llosa retrata los últimos días del trujillismo. La novela se centra en la fascinación que Trujillo ejercía sobre su círculo más cercano, generando una forma de “divinización” del caudillo (para usar un término de Joaquín Balaguer, que fuera presidente títere en los instantes finales de la “era Trujillo”), y provocando en funcionarios y militares un sometimiento voluntario que los hace llegar a formas cada vez más extremas de renuncia a la propia dignidad. Cuando el vaso empieza a derramarse es que algunos integrantes de círculos cercanos al trujillismo planean y ejecutan su eliminación.
Varios indicios sugieren que la Central de Inteligencia de Estados Unidos (cia) colaboró con el plan, ya que Trujillo, un antiguo protegido, había comenzado a resultar anacrónico y molesto.
SOMOZA. Mayor carga política tuvieron los atentados que acabaron con la vida de otros dos dictadores latinoamericanos: los Somoza, que gobernaron Nicaragua desde que el fundador de esa dinastía de facto fue colocado en el poder por una invasión estadounidense. Son el ejemplo más claro del dictador ajusticiado por una acción armada de la oposición.
Cuando Anastasio Somoza García, jefe de la Guardia Nacional, organiza el asesinato a traición de Augusto César Sandino y su estado mayor, se abre un período de 42 años de dictadura. Un largo ejercicio del poder matizado por presidentes provisionales y elecciones fraudulentas. Una larga era somocista que necesitó de tres Somoza, ya que a mitad de camino, en 1956, una bala disparada por el poeta Rigoberto López Pérez terminó con la vida del fundador.
Otra novela, en este caso Margarita, está linda la mar, de Sergio Ramírez, narra el episodio. En un capítulo darianamente titulado “¿A los sangrientos tigres del mal darías caza?”, Ramírez cuenta el modo en que el solitario tirador ejecuta su plan. Rigoberto se mezcla entre los invitados de un baile en homenaje al dictador. Y dispara. Aunque los guardaespaldas acaban con la vida del atacante, no pueden evitar que las balas de Rigoberto lleguen a destino. Entonces “Somoza se dobla en el regazo de la primera dama como si tuviera sueño y ella extiende sus brazos para recibirlo derramando el vaso de Ginger Ale”, al decir de Ramírez. Una semana más tarde Somoza muere en Panamá, pese a los infructuosos esfuerzos de los cirujanos que había enviado expresamente Dwight Eisenhower, entonces presidente de Estados Unidos.
Su lugar es ocupado por el hijo, Luis Somoza Debayle, que maneja los hilos del poder por nueve años. A diferencia del padre muere de causas naturales. Lo sucede su hermano Anastasio Somoza Debayle, conocido como “Tacho”. Piloteará la dictadura en sus 12 años finales y será derrocado por la revolución sandinista en 1979. Tacho se exilia en Paraguay, donde poco después (17 de setiembre de 1980) es ajusticiado por un comando de guerrilleros argentinos. Son miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo (erp), que lidera Enrique Gorriarán Merlo. El entonces ministro del Interior de Nicaragua, Tomás Borge, negó que su país hubiera tenido relación con el atentado. Consultado por la prensa sobre la identidad de los autores, respondió con una sola palabra: “Fuenteovejuna”. Una referencia literaria a la obra que escribió Lope de Vega en 1612 y que trata sobre un levantamiento popular que acaba con la vida de un comendador abusivo.
STROESSNER Y BATISTA. Tacho Somoza fue ajusticiado mientras era huésped de otro dictador, Alfredo Stroessner. El final de Stroessner fue muy diferente al de Somoza. Aunque también fue derrocado, la caída del obsesivo dictador paraguayo se trató más bien de un asunto de familia. Alejado del poder por un golpe encabezado por su consuegro, el general Andrés Rodríguez, Stroessner encontró asilo en el cercano Brasil. Su estructura política, el Partido Colorado, siguió rigiendo los destinos de Paraguay. Esas peculiaridades le permitieron un exilio pacífico que terminó el 16 de agosto del año pasado cuando murió a causa de una infección pulmonar.
Tres décadas antes el ex dictador de Cuba Fulgencio Batista también terminaba sus días disfrutando de la hospitalidad de un dictador en funciones. Derrocado por la revolución que encabezaron Fidel Castro y Camilo Cienfuegos, Batista se exilió en la España de Francisco Franco y murió por causas naturales en 1973.
Dos años más tarde moría su anfitrión tras una larga agonía. Con la muerte de Franco terminaba un régimen que se había iniciado en 1939, tras la guerra civil española.
ANTE PAVELIC. En el juego de espejos y afinidades que se ponen en movimiento cuando un dictador otorga o busca refugio, algunos reflejos alcanzan la figura de Juan Domingo Perón, gobernante argentino que a pesar de algunos rasgos autoritarios no puede considerarse dentro de la categoría de los dictadores. Pero que supo confraternizar con los que sí lo fueron. Durante sus años de exilio fue huésped de Somoza y de Franco. Y durante sus años de gobierno Argentina alojó a uno de los dictadores más feroces del siglo xx, como es el caso de Ante Pavelic, líder de la Croacia fascista en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Pavelic, autor de crímenes masivos que –según reza la leyenda– asquearon a sus aliados de la Alemania nazi, no fue el único ustacha en vivir bajo el gobierno de Perón.
La presencia en Argentina de criminales de guerra, tanto alemanes como croatas, ocupa un capítulo largamente debatido en la historia de ese país. Ha sido objeto tanto de revelaciones en artículos periodísticos (Horacio Verbitsky en Página 12), como de libros de investigación (La auténtica Odessa, de Uki Goñi). Aunque varias fuentes insisten en la connivencia de algunas autoridades con ese exilio semiclandestino (Pavelic llegó con nombre falso y sotana de sacerdote), los documentos oficiales de la época guardan las formas de la legalidad internacional. La embajada yugoslava en Buenos Aires pidió reiteradamente la extradición de Pavelic, ante lo cual, el 7 de agosto de 1947, el subsecretario político de la cancillería argentina respondió que se estaban realizando las “diligencias que, pese a no haber dado hasta el presente resultado favorable, se prosiguen activamente”. Esta insistencia de la diplomacia yugoslava evitó que el criminal de guerra croata tuviera un retiro tranquilo en Argentina, por lo que buscó las aguas menos agitadas del Paraguay de Stroessner. Pavelic encontró la muerte –también por causas naturales– mientras era huésped de la España de Franco.
SALAZAR. Algunas veces la muerte natural de un dictador encierra detalles que parecen tomados del realismo mágico. Uno de esos casos es el de António de Oliveira Salazar, el hombre fuerte de Portugal, un nazifascista pragmático que se declaró neutral en la Segunda Guerra Mundial. Pese a tener en su currículum una anotación como catedrático de economía en sus lejanos años académicos, Salazar llevó al país a la bancarrota en los años sesenta. Nada fuera de lo común. En 1968 las cosas empiezan a cambiar. Salazar sufre un accidente vascular y queda incapacitado para seguir ejerciendo el poder. Se retira a su casa de verano con un grupo estrecho de colaboradores. La enfermedad avanza, y en los meses siguientes parece estar perdiendo la razón. El ex dictador cree seguir manteniendo el poder, y da órdenes y firma decretos imaginarios para resolver problemas imaginarios del país. Quienes lo rodean, por piedad o miedo, le siguen el juego hasta julio de 1970, cuando muere sin haberse enterado nunca de su verdadera condición.
LOS CORONELES. Luego de la caída de Salazar llegó el turno del declive de Georgios Papadopoulos, figura principal de la dictadura de los coroneles, que gobernó Grecia entre 1967 y 1974. Un régimen que junto a la fuerte represión política, en especial dirigida contra organizaciones de izquierda, incluyó la prohibición de los escritos de Platón, visto por los coroneles como un adelantado de las ideas marxistas, y la eliminación de las comedias de Aristófanes del repertorio de los teatros. Artistas algo más actuales, como el músico Mikis Theodorakis, simplemente fueron confinados en islas casi abandonadas que se usaban como prisiones.
Recuperada la democracia los griegos llevaron a los coroneles a juicio. El dictador fue encontrado culpable de crímenes de traición a la patria y condenado a muerte, castigo que luego se le conmutó por la cadena perpetua. Aparentemente por un reconocimiento de su culpa, Papadopoulos se negó a beneficiarse de una amnistía y murió de cáncer a los 80 años, en 1999.
IDI AMÍN. Tal vez se trata del nombre arquetípico del dictador africano. Idi Amín Dada gobernó Uganda con mano de hierro durante toda la década del 70. De religión musulmana y pasado de siete oficios (fue cocinero, boxeador y militar), Amín se convirtió rápidamente en un ícono rodeado por un imaginario tenebroso que no excluía el canibalismo. Aunque llegó al poder con el apoyo de Israel, pronto comenzó a demostrar simpatías por la causa palestina y desarrolló una política exterior antioccidental. Un giro que tal vez explica –en parte– la publicidad que recibió su excéntrica crueldad.
El periodista peruano Manuel Jesús Orbegozo, que estuvo en Uganda en 1977, lo describe de este modo: “Parece una ballena que se desplaza en un mar de sangre, tiene un poco de Nerón, otro poco de Calígula, es un ogro, una bestia humana; vive en un pequeño país del tamaño de una llaga, pero sus crímenes son más grandes que la tierra; ni él mismo sabe a cuántos ha matado ya, aunque las cifras oscilan entre 200 mil y 500 mil. Tiene 34 hijos y un estilo propio de matar”.
Al contrario que su estilo de matar, su estilo de morir no fue demasiado distinto al de otros dictadores. Terminó sus días en 2003, en el dulce exilio de Arabia Saudita.
MACÍAS NGUEMA. Se llamaba Francisco como Franco y hablaba algo de español, aunque construyó su carrera política proclamando su odio contra España. Mucho menos conocido que Idi Amín, Francisco Macías Nguema fue tan sanguinario como su homólogo ugandés. Tomó el poder en Guinea Ecuatorial tres años antes que Amín se hiciera con el control de Uganda, pero ambos cayeron el mismo año, en 1979.
El paralelismo se corta en ese momento. Mientras Amín Dada disfrutó de una larga estadía en el spa saudí, Macías Nguema debió afrontar un juicio. De nada le sirvió haberse autoproclamado “milagro único” ni “gran maestre de la educación, la ciencia y la cultura”. Fue derrocado por un golpe liderado por su sobrino y juzgado por genocidio. No se trata de juicios de los que se pueda salir absuelto, por lo que el veredicto fue la condena a muerte. El poder que ejercía Macías Nguema sobre la población era tal, que se debieron contratar tropas marroquíes para que lo fusilaran. Los soldados de Guinea Ecuatorial temían que el dictador se vengara desde el más allá.
POL POT. El mismo año en que caían Amín Dada y Macías Nguema, era derrocado en Camboya el líder del Khmer Rojo. La retórica soviética lo llamaba “Pol Pot, el genocida”. No le faltaba razón. Aunque perdió el poder en 1979 a causa de una acción militar del ejército vietnamita, Pol Pot siguió dirigiendo las milicias Khmer desde la selva. Su régimen no sólo causó más de tres millones de muertes, sino que castigó todos los aspectos de la vida cotidiana camboyana. Atacó desde la actividad intelectual hasta las relaciones interpersonales, ya que la amistad y la familia eran signos de “decadencia”.
Pero la figura política de Pol Pot no se extingue en 1979. Hasta la mitad de los años noventa el Khmer Rojo continúa con su guerra de guerrillas. En 1996, sin embargo, se agudizan las luchas internas en el seno de ese movimiento. Hay un cruce de acusaciones entre Pol Pot y el número dos de los khmer rojos, Song Sen, que culmina con la ejecución de Song Sen y su familia. Parece haber sido una decisión equivocada. En 1997 Pol Pot es detenido y juzgado por sus propios camaradas. Lo encuentran culpable y lo condenan a cadena perpetua, sentencia que se cumplirá en el campamento guerrillero. Pero el campamento ya no es un lugar seguro y pronto será abandonado. Antes de esa debacle, Pol Pot muere. Oficialmente ocurrió de muerte natural, aunque hay versiones de que se trató de un atentado.
FINES DE OTOÑO. La trayectoria vital de los dictadores, y en particular las circunstancias de su muerte, es una fuente en la que la literatura suele abrevar con frecuencia. Un frenómeno que ya en la década de los setenta fue analizado por Ángel Rama, quien elaboró un ensayo titulado Los dictadores latinoamericanos.
La literatura de esta parte del mundo ha hecho de la “novela de dictadores” casi un subgénero específico. Desde el Tirano Banderas de Ramón del Valle-Inclán hasta la reciente La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, pasando por clásicos como Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos, o El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias. También el pinochetismo ha tenido sus versiones literarias (Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, o Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño), al igual que la Nicaragua de los Somoza (Sombras nada más, de Sergio Ramírez).
Pero si hay un libro emblemático de esa narrativa del poder absoluto, probablemente sea El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. En la muerte de ese excéntrico personaje puede encontrarse el denominador común de varios distintos finales de los dictadores modernos. Porque a pesar de lo diferente de sus circunstancias, bien imaginó García Márquez que, en el fondo, todo dictador termina “tronchado de raíz por el trancazo de la muerte, volando entre el rumor oscuro de las últimas hojas heladas de su otoño hacia la patria de tinieblas de la verdad del olvido, agarrado de miedo a los trapos de hilachas podridas del balandrán de la muerte y ajeno a los clamores de las muchedumbres frenéticas que se echaban a las calles cantando los himnos de júbilo de la noticia jubilosa de su muerte”.